Esta mañana me han llamado de una guardería en la que dejé mi currículum hará un par de semanas. El puesto que me ofrecían no era ni educadora ni ninguno relacionado con la enseñanza (ámbito al que corresponde mi titulación), sino apoyo para el comedor. Lejos de citarme para una entrevista, la directora quería hacerme una prueba que consistía en dar de comer a los niños.
Bien, nada más llegar, hizo referencia a la vestimenta que llevaba y a mi peinado (me he presentado en vaqueros y camiseta blanca; respecto a mi pelo, una melena lisa por los hombros): “uy, vienes tú muy arreglaíta para lo que es esto… venga, lávate las manos y empieza con un niño, que yo te vea… ah! la próxima vez, el pelo recogido”. Sí, así.
Bueno, me siento allí con ellas (directora, una maestra -o lo que fuera- recién salida de una peluquería ¡con pelo largo y suelto! y súper maquillada -y eso que la “arreglaíta” era yo- y una chica muy joven, también bastante compuesta, como apoyo al comedor. Me dan a un bebé precioso (6 ó 7 meses aproximadamente), que tenía muchas ganas de jugar; empiezo a darle de comer y, como iba lento y yo le estaba haciendo “gracias” para que mi labor resultase más o menos exitosa, surgen comentarios: “ese niño come muy bien, así que no hace falta que le hagas ni digas nada”, “le tienes que meter la cuchara hasta el fondo y una detrás de otra, si no, no come”, “hasta que no acabe, no le limpies la boca, da igual”, “si llora o le dan arcadas, ¡métele la cuchara hasta el fondo!… ¡y date prisa, que quedan muchos niños!
Aquello era una auténtica competición, pero nada sana. A continuación, les tocaba a los niños de 1 a 2 años, de los cuales muchos querían comer solos. Pues no, de eso nada, no se puede aprender a hacerlo. Ni siquiera querían que un niño tocara un poco la cuchara que yo le metía en la boca. Por otro lado, si algún niño no quería seguir comiendo o prefería la cuchara de otro color, en lugar de convencerlo con juegos, canciones, cuentos o risas, procedían con auténticas amenazas, a las que los niños respondían con total sumisión. Y de voces, mejor no hablar.
Pero lo que, sin duda, más ha marcado mi experiencia matutina, ha sido el hecho de que un niño quería agarrar la cuchara que la directora le iba a dar. Esto, como supuestamente es una falta muy grave, ha irritado mucho a aquélla, quien, al tirar con tanta fuerza de la cuchara, ha desestabilizado al niño, que ha caído de espalda con silla incluida y se ha dado un golpe brutal en la cabeza. Ni se han inmutado, es más, la buena mujer ha intentado reincorporarlo tirándole de una pierna. Apenas he podido reaccionar, pero me he levantado y he cogido al niño, lo he mirado y lo he vuelto a sentar. Al ver mi cara, las tres se han puesto a la defensiva y han echado la culpa al pobre niño, que ha estado llorando un buen rato. Ah! Y una niña que se ha levantado a verlo, ha sido cogida por los pelos, en vez de por el brazo o por el baby, por la repeinada, para que no se fuera.
En fin, no quiero decir con “esta mi experiencia” que todas las guarderías sean iguales, pero tengo claro que, si alguna vez tengo un hijo, no lo llevaré a una de ellas, porque ya he tenido suficiente. Y no os fiéis si la directora y las maestras son simpáticas, os aseguro que éstas también lo son… de puertas para afuera.
Blanca.


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